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El maestro amigo Saludé a Julián Marías por primera vez en Soria en 1967. Fue un regalo más, quizá el mejor, de mi familia política a una recién casada. Aterricé en las altas tierras del Duero con un libro de poesías de Antonio Machado dedicado... "te enseñaré de la mano estos paisajes". Y así ha sido. Fue el primer verano luminoso. Después han seguido viniendo, año tras año, muchos más. Me pareció como saludar a Cervantes. Dar la mano, poder tomar una caña en la Dehesa, o hacer una excursión con uno de los autores más admirados, a mí, inquieta periodista veinteañera, me parecía un lujo intelectual infrecuente, un honor inmerecido. Escuchaba en silencio. Y la brecha generacional más mi timidez me impedían acercarme lo que las circunstancias hubieran permitido. Así pasaron los años, a distancia. En 1981, viviendo nosotros en Londres, vino a dar una conferencia invitado por el Banco de Bilbao. Acababa de morir nuestra cuarta hija, yo no estaba para actos sociales. No fui. Al volver de la conferencia, mi marido me dijo: "He quedado para mañana por la tarde con Julián Marías en ir a ver la exposición de la Royal Accademy". No me podía negar, fuimos. La pintura de Andrew Wyth me deslumbró con su belleza intensa, pero aun más la cercanía y los comentarios de Marías. Eran sus palabras como música. Decía lo que yo en ese momento preciso necesitaba oír. "¿Qué estás leyendo?", me preguntó mientras a la salida tomábamos un té. Creo que era un libro de Doris Lessing, no me acuerdo, sí recuerdo y guardo su respuesta: "¿Tienes dónde escribir?". Saqué la agenda y allí Marías se convirtió en maestro, me puso deberes: una larga lista de libros de C.S. Lewis. "Y después me escribes". Los leí todos. En el mismo orden de su lista. Fue una buena receta para enfrentarse al dolor y no perder ni la alegría, ni la esperanza. Le escribí. Desde entonces, además de amigo, fue mi maestro. He procurado no perderme ninguna de sus conferencias a partir de esa fecha, y afortunadamente han sido muchas. En 1995 recibí una llamada de teléfono y una pregunta: "¿quieres ser la nueva directora de Cuenta y Razón?". Sí, sin dudarlo. Sin merecerlo. Con un peso por la responsabilidad que me abrumaba, pero con una ilusión sin límites y unas ganas de trabajar inmensas. Aquí sigo. A su servicio. Su filosofía me ha servido para procurar hacer lo mejor. A tender hacia arriba. Les he contado esto, no porque sea amiga de confidencias, sino por ejercer, yo también, la petición por mí hecha a los colaboradores de este número: ¿cómo fue su personal encuentro con la filosofía y la persona de Julián Marías? Y ¿qué ha supuesto en su vida? La doble pregunta busca rendir un homenaje -muy personal- desde la entraña misma de la filosofía de Julián Marías. Este número 141 de Cuenta y Razón es monográfico y especial. No puede el lector amigo perderse ninguno de los artículos escritos. Todos desde muy dentro. Con autenticidad e intensidad. Cada uno contando su peculiar circunstancia vital. Son todos tan buenos que -rompiendo los moldes de la confección habitual- no hay secciones. Todos los artículos van a una columna, con el mismo tipo de letra, y la comparecencia es en riguroso orden alfabético. Aquí están. Llenos de frescura y admiración. El testimonio de varias de sus mejores amigas: de la facultad, de Aula Nueva, de los cursos en América; de varios de sus colaboradores en el Instituto de Humanidades, de sus jóvenes amigos últimos. Es un regalo, más que debido, merecido al maestro amigo. Y faltan muchos por llegar. Leticia Escardó.

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